LA VEJEZ ROBADA
La vejez robada
La deuda moral de una generación que construyó Venezuela y hoy es olvidada
No es solo un problema demográfico. Es una estafa moral de proporciones históricas. Miles de venezolanos que dedicaron su vida a construir el país —pagando impuestos, trabajando décadas, muchos incluso luchando por su libertad— terminan sus días en la pobreza extrema, la soledad y el olvido. Mientras tanto, el régimen celebra “logros sociales” con cifras vacías.
El dato que desnuda la tragedia
0,24 dólares
Pensión base del IVSS para junio de 2026
Fuente: El Diario (mayo 2026), según tasa oficial del BCV.
68 dólares
Monto total aproximado tras sumar el bono “Ingreso Contra la Guerra Económica”.
9,58 % de la canasta familiar básica
Con menos de diez dólares al mes de pensión contributiva y un bono que apenas eleva la cifra a 68 dólares mensuales, millones de adultos mayores venezolanos no pueden cubrir ni la décima parte de sus necesidades básicas. Esto no es un “reto económico”. Es el resultado deliberado de décadas de destrucción institucional, corrupción y políticas que priorizaron el control político sobre la dignidad humana.
Los que lo dieron todo, abandonados por la diáspora forzada
Estos hombres y mujeres no fueron “beneficiarios de programas sociales”. Fueron contribuyentes durante 30, 40 o 50 años. Pagaron al IVSS cuando este aún tenía sentido. Construyeron carreteras, hospitales, escuelas y empresas. Muchos defendieron la democracia en los años 50, 60 y 80. Otros simplemente trabajaron con honestidad bajo gobiernos de distinto signo.
La migración masiva ha agravado dramáticamente esta tragedia demográfica. Más de 7 millones de venezolanos —principalmente jóvenes y adultos en edad productiva— huyeron del país en busca de supervivencia. Los que se quedaron son, en gran proporción, los ancianos. Familias enteras se rompieron. Los hijos que emigraron dejaron atrás a sus padres y abuelos, quienes ahora enfrentan la vejez en soledad absoluta, sin redes de apoyo familiar ni remesas suficientes para compensar la miseria de las pensiones.
Hoy viven en hogares que se caen a pedazos, sin medicinas para la hipertensión, la diabetes o el cáncer que los aqueja. Muchos mueren solos porque sus hijos están en Colombia, España, Estados Unidos o Perú. El régimen les llama “abuelitos de la patria” en discursos. En la práctica, los condena a una vejez de humillación y abandono.
No es solo demografía, es saqueo y éxodo
La pirámide poblacional invertida es real y brutal, pero no es un fenómeno natural. La causa principal es la destrucción sistemática del sistema de pensiones contributivo combinada con la mayor crisis migratoria de la historia moderna de América Latina. El IVSS fue vaciado. Los fondos fueron desviados. La moneda fue destruida. Y la desesperación empujó a millones de jóvenes fuera del país, dejando a los mayores sin sostén económico ni emocional.
Los “logros sociales” que celebra el régimen —clínicas populares, misiones, subsidios— resultan ser una farsa cruel cuando la pensión digna brilla por su ausencia y la diáspora ha roto el tejido familiar. Una persona que trabajó toda su vida no debería depender de bonos de supervivencia ni morir en soledad porque sus hijos tuvieron que emigrar para no morir de hambre.
La deuda moral
Esta no es solo una discusión económica o demográfica. Es una cuestión de justicia histórica. Venezuela tiene una deuda moral con sus ancianos. Cada adulto mayor que pasa hambre o enfermedad sin atención adecuada, abandonado por la migración forzada, es un fracaso colectivo y una afrenta a quienes nos precedieron.
El día que Venezuela recupere su libertad, la reconstrucción deberá comenzar también por aquí: restituyendo la dignidad de quienes construyeron el país. Eso implica pensiones dignas, indexadas a la realidad económica, atención médica real, programas de reunificación familiar y el reconocimiento explícito del daño causado por el saqueo y el éxodo.